Todos los centros y Proyectos de la Fundación Juan Bonal son importantes, y tienen razón de ser porque surgieron ante la necesidad que se presentaba, y todas las misioneras merecen nuestro reconocimiento porque su misión es ir dejando día a día su vida por el prójimo, con caridad y hospitalidad.
Y de pueden hacer muchas cosas, gracias las ayudas que se reciben de las personas sensibles y mentalizadas de la necesidad y justicia de colaborar, entre todos, para hacer un mundo mejor, sabiendo que todo lo que aportan para apadrinar o colaborar con la Fundación Juan Bonal, llega integro a su destino, porque no hay intermediarios, va de la Fundación a las Hermanas directamente, ya que existe un compromiso de la Congregación de las Hnas de la Caridad de Santa Ana, de hacerse cargo de aquellos gastos imprescindibles para el funcionamiento de la Fundación.
Y de los muchos centros que se atiende, hoy nos detenemos en el de AKNUR, UN RINCÓN PARA LA ESPERANZA, en la India, cuyo centro atiende a niñas de algunas de las familias más desfavorecidas de la India donde la vida de las mujeres vale menos, mucho menos, que la de los hombres.
Contra esta desigualdad, contra esta especie de castigo divino, llevan luchando desde hace muchos años las Hermanas de la Caridad de Santa Ana. Su misión en la India es clara y rotunda: devolverles la dignidad a muchas de estas mujeres, ofrecerles la posibilidad de sobrevivir al presente y otorgarles la esperanza de un futuro.
El centro se encuentra en Mumbai, la ciudad más populosa del subcontinente indio y una de las más habitadas del planeta. Se llama Ankur, y fue construido gracias a la participación de Manos Unidas que es un rincón para la esperanza en un país donde la esperanza no tiene nombre de mujer.
La hermana Primi Vela, española de Zaragoza, es el alma de Ankur. Junto a siete hermanas nativas dirige este hogar que alberga a más de 200 pequeñas que volvieron a nacer el día que llegaron a sus puertas. La mayoría de las niñas procede de las calles de Mumbai; algunas llegan de las grandes zonas de chabolas, otras trabajaban de sol a sol en condiciones infrahumanas, también las hay que fueron llevadas a las hermanas por la policía que las había recogido pidiendo limosna por las calles, estaciones o paradas de autobús
Las hay que han visto suicidarse a su madre y quieren seguir sus pasos, las hay que han trabajado como sirvientas desde que tenían cuatro años, las hay que incluso han hecho labores de albañilería con apenas cinco, o las que buscaban entre las montañas de basura algo que poder revender y sobrevivir.
Ahora sus vidas han cambiado. Viven en una ambiente familiar, estudian, se preparan para un futuro fuera de la calle, comen sin necesidad de tener que trabajar. Todos los días se desplazan en autobús a una escuela de las Hermanas de Santa Ana en el vecino barrio de Borivli: son buenas estudiantes, sacan buenas notas; y cuando acaben el colegio podrán aprender una profesión o incluso tener acceso a una carrera universitaria.Se busca para todas ellas "una luz al final del túnel", algo que les evite tener que volver a mendigar, que les ayude a formar una familia porque, dice Gandhi, "si educas a un hombre, educas a una persona, si educas a una mujer, educas a una familia".
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